Japón II, Kioto en bicicleta [o de cómo encontrar lo sublime entre lo mucho]

Si me pidieran definir a Japón con una única palabra esa sería, sin duda alguna, respeto. Respeto a todos los niveles y en todas las direcciones: del multimillonario al camarero, del sabio al torpe, del vendedor al comprador o entre perfectos desconocidos. 


Eras geológicas tardaríamos en otras sociedades en acercarnos a ese respeto y, aun así, creo que nunca llegaríamos. Suelto espumarajos por la boca de envidia.

En parte fue este respeto el que me animó a alquilarme una bici para recorrer Kioto, gran experiencia que os recomiendo a todos. Los coches están habituados a los biciclistas, la ciudad es básicamente plana y tu maldad se ve reconfortada al mirar con superioridad, desde la atalaya de tu bici de alquiler (con cestita delantera), a los podres guiris echando los hígados bajo el sol justiciero del verano kiotense caminando por sus calles.

No la hagas y no la temas. El destino me lo hizo pagar llevándome a Japón en la semana de la veneración de templos; lo que se traduce en que a cada templo al que llegaba a lomos de mi brioso corcel, ya tenía varios autobuses de adolescentes esperándome. Aun así mereció la pena, conocí Kioto e hice algo de ejercicio.



Lógicamente cuando solté la bici me fui rápidamente a reponer líquidos. Y aquí tenemos el primer minipunto negativo para Japón: no tienen el clásico “Bar La plaza” y eso es un error de aurora boreal. Prácticamente no hay bares en los que tomarse una cerveza y unos panchitos, no hay terrazas a la sombra esperándote… o vas a un restaurante o vas a club/karaoke/tocameroque. Así que me compré un par de yonqui latas de Sapporo (me gusta más que Asahi) y los frutos secos típicos y me monté en la habitación la merienda de los campeones.



No comas más que te empapuzas y luego no comes, me decía recurrentemente mi madre. ¡Y cuánta razón tenía! El caso es que me dio la hora de cenar (en Japón si te dan las 19:00 ya vas tarde…) y estaba yo hinchado como un zepelín, pero algo tenía que cenar así que me eché a la calle y me fui dando un paseo a Gion. Este barrio queda en la margen derecha del Kamo y es archiconocido por su ambiente nocturno de restaurantes y divertidos locales de lenocinio.

No había sacado ninguna información de dónde cenar, aunque me hubiera dado igual porque prácticamente todos los restaurantes están rotulados en japonés (o, al menos, si no todos sí los que merece la pena conocer). Después de una primera ronda de reconocimiento, mis pisacacas (sabias ellas) me llevaron a uno de los mejores sitios, sin duda, de Gion. Se trata de un minúsculo restaurante para un máximo de 11 comensales especializado en sushi y sashimi. El restaurante tiene una barra detrás de la cual trabaja el chef preparando la comida de su muy exquisita, reducida y afortunada clientela, las once sillas de rigor y muy poco más. Que la decoración no distraiga los sentidos, lo importante es la comida.



Pedí, claro está, sus dos especialidades. Mientras que para el sushi hay más variedad (al final me decanté por salmón y anguila) el sashimi lo preparan con los pescados que tengan ese día, en mi caso fueron atún, gambas y un tercer pescado que no identifiqué pero que sí disfruté como si no hubiese comido en una semana.



El precio, claro, va en consonancia con todo lo anterior: 6 cortes de sashimi, 4 sushi y una cerveza, 6.153 Yenes (51 euros) que volvería a pagar encantado. Creo que todos a los que nos gusta la vida deberíamos disfrutar de algo similar. Además coincide que, en este caso, es legal. Maravilloso pues.

Andrés Vegas

Gastronomía, ocio, viajes, nutrición y buena vida en el más amplio sentido

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