Camino de Santiago, etapa 3, Pamplona - Puente la Reina: Comienza el infierno

Distancia: 24 km.
Tiempo empleado: 9 horas.
Incidencias: Lluvia, barro.
A tener en cuenta: El ascenso al Alto del Perdón puede ser duro y su descenso peligroso.




Ver Pamplona - Puente la Reina en un mapa más grande


Donde alojarse (enlaces a las webs):

Albergue - hostal Camino del perdón (Uterga).
Albergue - hotel Jakue.
Hotel Bidean.

Donde comer:

Albergue - hostal Camino del perdón (Uterga).
Hotel Jakue.
Hotel Bidean



La mañana no pintaba bien, nada más salir de la cama me asomé a la ventana y allí estaba esperándonos la penitencia. El cielo estaba encapotado, el suelo encharcado, el aire empapado.

Bueno, hay que estar a todo en el Camino. Hay días de calor, de frío y sí, de lluvia y barro. Lo que pasaba es que ya habíamos probado el barro el primer día y no nos había gustado.

Lo primero era salir de Pamplona y esa obviedad no resultó tan fácil. Se supone que estábamos al lado del trazado urbano del Camino, pero lo cierto es que no había manera de encontrarlo. Llovía, la gente intentaba no estar en la calle, la capucha no te deja ver bien, cada minuto que pasaba era un minuto perdido y un esfuerzo extra mal dirigido. Desafortunadamente tardamos un montón en poder Salir de Pamplona, nos equivocamos varias veces y para cuando nos encontramos por el buen sendero, hacía casi una hora que habíamos salido del hostal.

La salida de Pamplona si que es agradable, pues se abandona la capital pasando por una zona que contiene el hospital, la Universidad y unos agradables jardines. Enseguida, la senda enfila la población de Cizur menor, y digo enfila porque el trayecto es recto y cuesta arriba y la pendiente es bastante acusada.

Al final de la cuesta y ya en Cizur, hicimos la primera parada y meditamos acerca de lo que se aproximaba. Hasta ese momento sólo habíamos pisado asfalto, lo cual en un día de lluvia, yo agradecía. Al fondo, se delimitaba perfectamente la silueta del Alto del Perdón, con los aerogeneradores sembrados en su superficie. Es una mala visión, engaña, parece que está mucho más cerca, pero se tarda mucho en llegar.

Bueno, volvimos a caminar, durante unos kilómetros se atraviesan urbanizaciones de clase media con chalets adosados, pistas forestales de fácil tránsito que compartes con deportistas entrenándose, jubilados paseando o adolescentes sacando al perro a pasear.

Pero todo acaba y llega un momento en que el sendero se empina, se embarra, te dice que vas a empezar a pagar tu penitencia y que el día no será fácil de olvidar.

Antes de llegar a Zariquiegui, vimos delante de nosotros la figura de una especie de ballenato ondulante que cimbreaba su enorme cintura a cada paso. Pensamos que aquel tío no llegaría muy lejos. Yo casi aposté a que no acababa el día, pues parecía que fuera a infartarse a cada paso que daba.

De nuevo, ¡qué equivocado estaba!.

Unos metros más adelante, en una pequeña zona de descanso en un alto despejado, en un momento en que parecía que dejaba de llover y en un lugar en el que en verano debe hacer un calor horrible, alcanzamos al ballenato y nos paramos todos a descansar.

Nuestro grandón no era otro que el veterano portugués y allí estaban sus compañeros de viaje ya conocidos, el tío que vimos el primer día con su enorme mochila y la cámara de fotos y una pareja de franceses cuasiadolescentes. Al detenernos nos pusimos a hablar con ellos, el portugués parecía dirigir el diálogo y establecimos una amigable conversación bajo la lluvia. Lo cierto es que cuando haces el Camino te apetece encontrar gente con la que hablar, no como presupuesto de partida, al menos no en nuestro caso, sino como realidad que descubres. Las etapas son largas y te gusta encontrar a alguien con quién compartir un poco de tu tiempo y experiencias. Aquel tío era histriónico, dijo llamarse Joaquim, daba grandes voces y gesticulaba con su corpachón pareciendo agitar el aire y todo a su alrededor con su enorme presencia. Resultó que sus acompañantes eran brasileños, un chaval joven llamado Vinicius, que se había venido casi con lo puesto a hacer el Camino de Santiago sin tener mucha idea de lo que iba a encontrarse y por eso viajaba con zapatillas de deporte y pantalones vaqueros. Una chica que se llamaba Luciana y parecía mucho más acostumbrada a manejarse en el campo. Nos contó que había estado trabajando en una fábrica de patatas fritas de Lays en medio de la selva del Amazonas y cuando la despidieron se echó la mochila a la espalda y con la indemnización se vino a España. El hombre-mochila resultó ser un turco residente en Alemania, se llamaba Yilmaz y dijo ser de Esmirna.

Nosotros, por nuestra parte, aclaramos que estábamos haciendo el Camino como viaje de novios, momento en que Joaquim comenzó a dar gritos y a felicitarnos efusivamente.

La pareja francesa nos miraba francamente asustada ante el ímpetu del portugués y las risas de todos los presentes. Eran unos sosos.

Estuvimos un rato intercambiando impresiones, también compartimos algo de la fruta que llevábamos, con todos menos con los franceses, que eran muy, muy sosos… y cursis, sí, también eran unos cursis, sobre todo ella, ahí, toda limpita e inmaculada bajo la lluvia como una colegiala de una peli francesa de los años sesenta.

¡Es que me enfilo!.

Después, continuamos nuestro camino ascendente hacia el Alto del Perdón, arreciaba la lluvia y las gotas retumbaban en los oídos mientras se estrellaban contra el tejido impermeable de la capucha.

Los aerogeneradores delimitan la línea del Alto del Perdón


Atravesamos la localidad de Zariquiegui sin detenernos ni un momento y comenzamos la ascensión final. Parecía que no llegábamos nunca.

No se trata de una ascensión dura por la pendiente, de hecho nos pareció bastante más fácil de lo que nos habían dicho, pero aquel día, entre el viento, la lluvia, el barro se nos estaba haciendo realmente complicado. Supongo que en pleno verano, en un día de calor, también debe ser duro.

En un momento dado, ya muy cerca del final, resbalé y literalmente caí de culo sobre el barro y unas zarzas en las que apoyé mi mano. Cada vez me parecía más a un peregrino de verdad, ya tenía mis propias heridas. Lo peor fue la sensación de ridículo, ya que a muy pocos metros transitaban las alemanas biónicas que nos adelantaron mientras hacía recuento de daños.

Se aproximan las "alemanas biónicas"

Un pequeño esfuerzo y alcanzamos la cumbre. La niebla lo cubría todo, hasta tal punto que allí mismo, al pie de los aerogeneradores, no veíamos sus palas y las adivinábamos por el ruido que hacían al girar. Hacía mucho viento y llovía. La mayoría de la gente paraba el tiempo imprescindible para descansar un momento, comer algo y hacer una foto a un curioso monumento al peregrino que se perfila contra el horizonte. Pero era muy desagradable estar allí, había que buscar refugio.

Por supuesto, mientras descansamos un momento, aparecieron nuestros maduros germanófonos, nos saludaron y continuaron pendiente abajo. También vimos como por el camino se aproximaban, los sosos franceses y la banda de portugueses-brasileños con el turco.

¡Conseguido!


Decidimos continuar camino abajo. La guía que estábamos utilizando nos decía que el descenso era muy empinado y bastante peligroso. Bueno, pues empezamos con calma. A veces, cuando te avisan de lo difícil que es un tramo y te lo ponen como casi infernal, creo que te predispones de tal forma que luego lo afrontas como un paso. La verdad es que las condiciones no eran ni mucho menos las mejores, con la lluvia, el barro, piedras sueltas y la pendiente. Aún así se me hizo corto y hasta agradable.

Al final del descenso llegamos a la localidad de Uterga, cuando, además, decidió salir el sol para saludar el final del pequeño infierno que acabábamos de pasar.

Decidimos sentarnos en un banco y comer algo de lo que llevábamos en la mochila, algo de fruta y una barrita energética. Además, allí mismo, alguien había colocado una máquina expendedora de refrescos, sacamos un par de botellas de agua de medio litro y a comer, beber y recuperar fuerzas mientras delante de nosotros iban pasando peregrinos en un constante goteo de almas embarradas.

Se estaba haciendo tarde y no tenía pinta de que llegásemos en buen momento a Puente la Reina, lo que me daba mucha rabia, pues me parecía un pueblo muy interesante para visitar con calma.

A la salida de Uterga encontramos un albergue muy bonito y agradable, dónde muchos peregrinos habían parado a comer.

Decidimos no esperar más y comer algo más serio antes de continuar camino. Entramos en el albergue y en el bar pedí un par de bocadillos, una coca cola y una cerveza. Sentados en la barra comenzamos a hablar y en ese momento la camarera dio un respingo y nos miró curiosa.

- ¡Sois españoles!.
- Hmmm… claro.
- Joder, perdonad, pero es que sois los primeros españoles del día y como tú (dijo mirando a Pendiente de Diagnosticar) eres pelirroja, pues no pensé que fueras española.

Estuvimos un rato hablando con ella mientras nos terminábamos el bocadillo. Al salir, vimos como muchos de nuestros compañeros habían decidido no seguir más por ese día, incluidos nuestros veteranos germánicos, que después de hacerse con una habitación, reposaban en la terraza al tímido sol que lucía en aquel momento.

Bueno, pues con energías renovadas y con bastante camino aún por delante, continuamos en dirección a Muruzabal. Al principio el sendero es cómodo y al poco gira a la izquierda en un descenso y luego vuelve a girar a la derecha volviendo a ascender, parecía que el perfil iba a ser un rompepiernas.

No sé qué distancia llevábamos recorrida cuando nos dimos cuenta de que ¡se nos había olvidado los bastones!, ¿dónde?. No recordaba haberlo llevado en el albergue, por tanto debíamos haberlo dejado en la entrada de Uterga, cuando nos sentamos en el banco.

Decidí volver a por ellos, por lo que medio corriendo medio andando deshice el camino hasta allí, donde efectivamente se encontraban nuestros bastónes. Me dio mucha rabia, no estaba el día para hacer esfuerzos extra, y acababa de sumar un par de kilómetros a mi jornada para recuperarlos.

Volvimos a caminar.

Llegando a Muruzabal el sendero se vuelve estrecho y aquel día, embarrado. Cuando el barro es la superficie que pisas, a veces intentas evitarlo caminando sobre las hierbas de las cunetas, pero no siempre es buena idea, pues a veces está más encharcado.

El día se estaba haciendo especialmente incómodo, la etapa parecía no tener fin. Yo intentaba animarme pensando en el hotel al que llegaríamos en Puente la Reina, que creía de los más bonitos que había elegido y con un buen restaurante. Todo esto era bastante penoso, porque lo cierto es que el paisaje en ese tramo final era muy bonito y digno de ser disfrutado de otro modo.

Se veía un terreno de suaves colinas, verdes de labranza y tierra roja. En la cima de algunas lomas, pequeñas y antiguas poblaciones de piedra, de la misma piedra de la montaña, vigilaban para que nadie olvidase su pasado.

A nuestra espalda, el Alto del Perdón nos recordaba lo que ya habíamos pasado y un cielo negro y amenazante, quizá, nos advertía de lo que encontraríamos al día siguiente.

Entramos en Muruzabal, un alivio, pues el asfalto de sus calles nos permitió eliminar barro de nuestras suelas mientras los destartalados secuaces sajones de Mark nos adelantaban y nosotros, a su vez, adelantábamos a los portugueses, que se estaban entreteniendo hablando con un viejo peregrino que… ¡volvía de Compostela! Y según decía, le habían robado una tienda de campaña. No supe si creerle, lo cierto es que no parecía un hombre ni sano ni cabal.

Por fin el sendero estaba seco y nos dirigía hacía Obanos, localidad dónde se juntan los caminos Francés y Aragonés, las dos rutas más utilizadas ahora mismo, aunque en su origen el Camino fuera el ahora llamado de la Costa.

En Obanos se juntan el camino francés y el aragonés.


Al frente adivinaba la presencia de la parejita de los sosos gabachos y a nuestra espalda la figura de las alemanas biónicas. Debían haber parado mucho tiempo, pues su ritmo siempre era superior al nuestro, nos habían adelantado en el ascenso al Perdón y aún así iban detrás.

La entrada a Obanos se realiza por un repecho empinado. Al final del cual se disfruta de un hermoso pueblo de piedra. Allí nos detuvimos un momento para hacer unas fotos y a disfrutar de la sensación de que quedaba ya muy poco para finalizar la etapa y el sol calentaba tímidamente los cuerpos cansados. Nos alcanzaron las alemanas y nos hicimos unas fotos, se quedaron a tomar algo y nosotros continuamos hacia Puente la Reina. Las bautizamos como Frida y Helga.

El pueblo es conocido por el Misterio de Obanos [1] , se representa cada dos años y me cuentan que merece la pena verlo.

Ya faltaba poco, se sale del pueblo por otro repecho, esta vez en descenso y que enlaza con una carretera que enfila hacia Puente la Reina. Así, por el arcén, es como alcanzamos ya el final de la etapa. Había sido un día duro y sobre todo, muy largo.

Sellamos nuestras credenciales en el albergue de peregrinos y nos adentramos en el casco antiguo del pueblo, que es verdaderamente bonito. Llegamos hasta nuestro destino, el hotel Bidean, un lugar realmente agradable. Allí pedimos la llave de nuestra habitación y una fregona porque estábamos dejando todo lleno de barro.

Una vez en la habitación, nos quitamos la ropa y los pantalones fueron, tal cual, a la ducha. Un intenso chorro de agua y a frotar para quitar el barro del día.

De las botas mejor no hablar.

Nos duchamos, reposamos y nos dispusimos a bajar a cenar. Me dio mucha rabia lo mal que se nos había dado el día, porque habíamos llegado un par de horas más tarde de lo previsto y con tanto barro, también perdimos tiempo en la colada, por lo que no había ni ánimos, ni tiempo, ni fuerzas para recorrer el pueblo, que es algo fundamental en el Camino.

Bajamos a cenar a eso de las 21:00. Aquí continúa el fervor navarro por los horarios tan tempranos, creo recordar que dejaban de dar cenas a las 21:30.

El comedor era espectacular, cenamos muy bien y barato en un ambiente muy agradable. A nuestro lado, otro ciudadano de habla alemana bebía cerveza mientras anotaba algo en un diario y consultaba nuestra misma guía, sólo que en Alemán. Yo sostenía que era el mismo tipo que se despachaba el pacharán en el bar de Roncesvalles, pero según Pendiente de Diagnosticar era otro. En cualquier caso no lo había visto durante el día y no tenía aspecto de haber caminado mucho más allá de la distancia que hay entre su habitación y la siguiente cerveza.

Comedor del hotel Bidean



Después de cenar nos dimos un paseo, pero la noche era muy desagradable, hacía mucho frío y estaba muy húmedo, así que muy pronto fuimos de vuelta al hotel. En el camino nos encontramos con los portugueses, estaban hechos polvo, para ellos también había sido un día muy duro, parecían agotados y el joven brasileño estaba aterido. Le habían prestado una gabardina en el albergue con la que intentaba entrar en calor. No estaba nada equipado, más bien parecía que se había venido a pasar unos días de vacaciones en la costa. Quedamos en que les invitaríamos a un vino en Estella al día siguiente. Nos retiramos pronto a dormir, el día siguiente, si bien la etapa no parecía, a priori, muy dura, me daba mala espina.



[1] Se trata de una representación teatral al aire libre, en la que participan casi todos los habitantes del pueblo, de una famosa leyenda del Camino de Santiago (www.misteriodeobanos.es).

Capitán Rábano

Gastronomía, ocio, viajes, nutrición y buena vida en el más amplio sentido

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